miércoles, 3 de febrero de 2010

Del oficio de ser escritor


Desde el principio, mi vida como escritor ha sido bastante extraña. Basta con decir que yo aprendí a escribir desde el kínder. Imagínenme a mí, de cuatro o cinco años, preguntándole a mi madre como sonaban las letras cuando se juntaban, y después de eso, pasándolas al papel con una dificultad impresionante. Recuerdo que lo primero que escribí fue una carta de “amor” para una compañerita de la clase. Ya ni siquiera me acuerdo del nombre de la niña; lo único que recuerdo es que, cuando se la di, tuvo que pedirle a alguien que se la leyera, y después de enterarse de lo que decía, la hizo pedazos frente a mi cara, soltando un montón de palabrotas que estoy seguro que no entendía.
Así empezó mi carrera de escritor.
Durante la primaria y la secundaria, devoré un chingo de revistas que me llenaron la mente de ideas e imágenes, sin embargo, la pereza y el valemadrismo que vienen en paquete con la adolescencia, impidieron que me animara a escribir algo, cualquier cosa. De hecho, recuerdo que, sumido en la ignorancia de esa etapa tan terrible, comenté que eso de escribir y de leer libros estaba de güeva, y que prefería mil veces pasar horas y horas jugando videojuegos.
En la madre…
Fue en la preparatoria cuando tuve mi epifanía artística. Todo fue culpa de la profesora de Literatura de quinto año, la maestra Gloria, una adorable mujer que todavía me hace suspirar cuando voy a visitarla. Resulta que tuve un crush con ella. Ya se imaginarán que yo era el primero que llegaba a su clase, el que siempre levantaba la mano, el que siempre quería ayudarla a cargar los libros y el que siempre entregaba los mejores reportes de lectura. Hice todo eso con tal de impresionarla, pero, por supuesto, nunca funcionó. Lo único bueno que saqué de todos mis esfuerzos, fue un curioso amor por las letras. Aún después de que se me pasara el enamoramiento con mi profesora, yo seguí leyendo libros muy buenos y escribiendo babosadas. Poco a poco me hice de cierta habilidad para escribir, y mi pluma, en vez de vomitar tonterías, comenzó a proferir sensateces. Cuando me hice notar un poco entre los profesores, uno de ellos, el de teatro, me acogió como su discípulo, y me enseñó a escribir bien, que es una cuestión muy diferente a escribir correctamente. Al terminar la preparatoria, ese profesor me dijo que yo poseo un talento que merecer ser explotado, y que, si no dejaba de escribir, seguramente me convertiría en un eminente hombre de letras.
Sí, cómo no…
En la universidad, las cosas fueron un tanto diferentes. El primer problema que encontré en la máxima casa de estudios fue que todos ahí habían leído un chingo más que yo… o al menos eso aparentaban. Estar rodeado de gente tan atiborrada de conocimiento me hizo sentir insignificante, como un triciclo en una exhibición de motocross. Gracias a los dioses, me di cuenta de que tanta sapiencia era solamente una fachada que mis compañeros adoptaban porque, en el fondo, se sentía exactamente igual que yo. ¿Y cómo no?: la Universidad es algo apabullante. Afortunadamente, descubrí que con esfuerzo, dedicación y un poco de alcohol, logras acostumbrarte a ella.
Una vez que ya estuve adaptado a mi nueva vida académica, me propuse conocer más a los universitarios. Ahora bien, todo mundo sabe que, la manera más sencilla de conocer a una persona, es convivir con ella. Hay que observar su manera de actuar y escuchar sus palabras, porque, según nos han dicho, ésas son las claves del entendimiento y de la confianza, ¿no es cierto?
Falso: las personas pueden disimular y decir mentiras, así que vale pura madre si te pasas todo el día pegado a ellas para conocerlas; lo más seguro es que no lo logres. También es importante recordar que actúan de manera diferente, dependiendo de con quién se encuentren. La única y verdadera forma de descifrar a alguien es leyendo algo que haya escrito. ¿Qué puede haber más intimo que tus pensamientos? ¿Qué puede ser más revelador que la manera en que los pusiste en papel? Nada; créanme: absolutamente nada. Alentado por estos cuestionamientos, encontré la forma de leer los escritos de mis compañeros, y para mi alivio, me di cuenta que eran todos iguales, llenos de ideas poco claras, frases mal construidas y, para colmo, carecían de originalidad.
Y ésa es la tragedia más pavorosa que puede pasarle a un escritor que tiene la intención de convertirse en profesional: la falta de originalidad.
Si nos ponemos a pensar detenidamente, los trabajos de los escritores principiantes están repletos de las ideas que les inculcaron sus profesores y sus ídolos. Piensan como les han enseñado a pensar, y gracias a esta escasez de voluntad intelectual, pueden llegar a juzgar el mundo equivocadamente. Envalentados por el conocimiento que van adquiriendo de los tutores, se ponen a escribir sin saber hacerlo, y llenan páginas y páginas citando a sus escritores favoritos, sin atreverse cuestionar si los razonamientos de éstos son acertados o no. Lo más lamentable de todo es que deambulan por el mundo pregonando esos pensamientos prestados y, a veces, los declaran como propios.
Eso, definitivamente, no está chingón. Después de años de esfuerzo, comprendí que existen cuatro reglas básicas que el escritor no puede pasar por alto:
La primera es ser original. Por eso, al pensar, y al redactar, es mejor recorrer los caminos menos transitados. No importa que tan malo sea tu escrito; si tiene aunque sea una pizca de originalidad, tendrá más oportunidades de sobrevivir que un trabajo maravillosamente compuesto, pero con ideas recicladas.
La segunda regla es, posiblemente, la más importante: el mejor autor es aquél que se dio a entender con mayor claridad. Un amigo me decía que eso no es cierto, que cuando escribes no tienes que pensar en los lectores porque, de cualquier manera, el entendimiento es algo subjetivo. Yo le dije que parara de mamar. ¿Cómo chingados vas a contar una historia si te vale madre si la comprenden o no? Estoy de acuerdo en que toda composición literaria se conforma de una parte filosófica que cada quien interpreta como quiere, pero hay otra que narra las acciones, y justamente en esa no te puedes permitir el lujo de ser malinterpretado; las acciones son el hilo conductor de la trama. Además, siempre es mejor leer algo que puedas captar a la primera pasada.
La tercera regla es hacer todo lo posible por entrar en contacto con las emociones del lector. Los mejores escritos son aquello que, además de hacerte pensar, te hicieron sentir. ¿Que cómo se logra esto? Bueno, les explicaría, pero esa es información que no se suelta gratuitamente.
La cuarta regla es no aburrir al lector. Punto.
El resto de los deberes de un buen escritor se van adquiriendo durante ese aburridísimo periodo en que la mente va madurando… es decir, toda la maldita vida. Lo único que nos queda a los jóvenes escritores es no desesperarnos, y escribir como idiotas para obtener un mejor dominio de la prosa. Luego, podremos empezar a pensar en concebir ingeniosas historias que permanezcan para siempre en la memoria de la gente… o algo así.
Siendo sinceros, esto de ser escritor está muy cabrón—la verdad, no puedo imaginar un oficio más difícil y desgastante. Sin embargo, cada vez que mis dedos golpean las teclas, y una nueva palabra se forma en la pantalla de la computadora, siento que estoy aprovechando mi tiempo. Tal vez algunos escriban para exorcizar sus demonios o mamadas así, pero yo simplemente lo hago por esa gastada necesidad de comunicarnos que todos tenemos, y que, por más que combatimos, no podemos vencer, mucho menos en tiempos del internet. Sé que habrá un largo espacio de tiempo en que lo que escriba no será más que material desechable, pero llegará el momento en que escribiré algo bien chingón, y ese día podré decir que tanto desmadre ha valido la pena. Por mientras, puedo conformarme sabiendo que maestros y doctores han acudido a mí para preguntarme si lo que escribieron estaba bien. Y yo siempre les respondo lo mismo:
—Ojalá supiera… Ojalá supiera…

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